SOBRE LA ENERGÍA NUCLEAR Y SU CONVENIENCIA ECOLÓGICA:           Una aproximación desde la teología





POR: Osmar Barrios, Adolfo Céspedes.[1]
Introducción
La energía es la fuerza vital que mueve nuestra sociedad. De ella depende la iluminación de nuestras casas o de las calles de las ciudades, el calentamiento y refrigeración en nuestros hogares, el transporte de personas y mercancías, el funcionamiento de las fábricas, y muchas otras cosas más, esta es indispensable pues el desarrollo económico-social  y el progreso tecnológico no son posibles sin un suministro garantizado de energía. Hasta hace poco más de tres siglos las principales fuentes de energía eran la fuerza de los animales, la potencia obtenida por los molinos de viento (energía eólica), la obtenida por la fuerza de los causes hídricos (ríos, cascadas), y el calor obtenido al quemar la madera. Pero el desarrollo tecnológico por ejemplo con la revolución industrial ha permitido a largo de estas últimas centurias el desarrollo avanzado y la modernización social y tecnológica que ha logrado llevar a un punto álgido la utilización y transformación de los diferentes recursos de la tierra, y su aprovechamiento en la sociedad, a partir de fuentes de energía totalmente impensables como la solar, la hidráulica mas tecnificada, la basada en combustibles fósiles, y la nuclear o atómica.
La energía nuclear es la energía que se libera de las reacciones atómicas, y que es utilizada para producir energía eléctrica, mecánica y térmica, que son útiles para dar abasto a las necesidades del mundo en cuanto sea posible; ya sea desde la generación de electricidad en las centrales nucleares hasta las técnicas de análisis de datación arqueológica (arqueometría nuclear), la medicina nuclear usada en los hospitales, etc. a energía nuclear es aquella energía liberada durante la fisión o fusión de núcleos atómicos. Una reacción nuclear consiste en la modificación de la composición del núcleo atómico de un elemento, que muta y pasa a ser otro elemento como consecuencia del proceso. Este proceso se da espontáneamente entre algunos elementos y en ocasiones puede provocarse mediante técnicas como el bombardeo neutrónico u otras.
Por lo tanto esta energía nuclear propone ser una de las técnicas de producción y transformación más adecuada y propicia para lograr una sociedad bien organizada y tecnológicamente desarrollada en pleno siglo XXI, gracias a su nula producción de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Pero a la vez, esta tecnología puede convertirse en maléfica si se utiliza con fines bélicos, causar perjuicios incalculables en torno a los desechos resultantes de dichos procedimientos, y un alto riesgo de contaminación en caso de accidente o sabotaje.  En sí misma, la técnica y su progreso son buenos, y si pensamos en las posibles consecuencias, no sería sabio desmeritar estos procesos, sabiendo que cada camino hacia el desarrollo tiene sus obstáculos que superar, y esta no sería la excepción.
No obstante, la cuestión aquí no es temer a los probables daños que pueda causar una explosión accidental (o causada), y por ende perder una cierta cantidad de vidas; el problema es que hay una cierta probabilidad de no solo causar muertes, tanto humanas como animales y vegetales, sino de ayudar a extinguir por completo el desarrollo de la vida integra en el ecosistema del planeta tierra, como en el caso del accidente ocurrido en Chernóbil, en donde se emitió material radioactivo unas 500 veces superior al que liberó la bomba atómica en Hiroshima. (Accidente en Chernóbil, 2009).
Dicho lo anterior, nos estamos enfrentando evidentemente a un problema mayúsculo y amenazador, el cual no podemos ni debemos ignorar bajo ninguna circunstancia; por lo que, de manera reflexiva, buscaremos desde nuestra posición de teólogos, proposiciones plausibles teórica y prácticamente, que esclarezcan un poco la divergencias presentadas por las diferentes opiniones acerca del tema, no sin antes plantearnos una serie de preguntas que nos impulsarán hacia la mejor comprensión de dicha situación, comenzando con las siguientes: ¿En qué sentido podemos cuestionar la eficacia del desarrollo humano en torno a su proposición de la energía nuclear? ¿Podríamos entender esta proyección como una construcción científica, o contrariamente como un posible camino a la destrucción irreversible? ¿Cuál es la verdadera preocupación de parte de la teología hacia la utilización de la energía nuclear? ¿Qué propuestas se pueden presentar desde nuestra perspectiva teológica hacia esta realidad?
Estas son algunas de  las preguntas que nos llevaran a comprender de manera holística la cuestión de la energía nuclear; no sin antes tener en cuenta que el asunto no es simplemente la utilización o no utilización de dicha energía, sino que esta acción trae consigo y tras sí una cantidad de verdades teóricas que inciden en la visión de tan mencionado tema, por lo cual queremos abordarlas primero para empezar a concebir las bases, que luego nos servirán para la elaboración de proposiciones concernientes de la conveniencia de la energía atómica.
Energía nuclear, tecnología y teología
Al referirnos a energía nuclear inevitablemente nos remitimos al actual accidente nuclear ocurrido en Japón, mas puntualmente en la ciudad de Fukushima  tras un fuerte terremoto de magnitud 9.0 en la escala de  Richter que luego produjo un maremoto con olas de aproximadamente 10 metros de alto, lo que lo sitúa en el terremoto más fuerte acaecido en Japón hasta la fecha, y en el cuarto más potente del mundo de los medidos hasta el momento según la Agencia Meteorológica de Japón y el Servicio Geológico de los Estados Unidos. Este tipo de acontecimientos son fenómenos que de diferentes formas y en diferentes lugares han ocurrido en toda la historia de la humanidad; sin embargo, cantidades de personas con ideologías más que todo religiosas, como evangélicas radicales y pentecostales, afirman que dichos sucesos son indudables señales de que el mundo está irreversiblemente destinado a un fin, y a un fin manifiesto.
En torno a lo anterior, alguien preguntó pocos días después de lo ocurrido en Japón, que si en nuestra opinión Dios había castigado a este pueblo por su situación de pecado, a lo que respondimos con dos preguntas consecutivas a método mayéutico: ¿sería Dios tan despiadado como para acabar con toda esa gente, basado en solo la idea de “pecado”? Y si así fuera ¿por qué no nos sucede a nosotros también si estamos en la misma condición?
Por lo tanto señalamos que aquí se plantean dos cuestiones sumamente vitales para la comprensión de la realidad a la que nos estamos enfrentando, la primera cuestión es la concepción paranoide de la verdadexpuesta por el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, refiriéndose a aquellos que someten la realidad a una “interpretación totalitaria” argumentando que son dueños de una verdad absolutamente unívoca y que por ende “cualquiera que no esté con ellos, está contra ellos, y el que no está completamente con ellos, no está con ellos”; además, afirman que los argumentos de los que son ajenos a sus ideologías “no son argumentos, sino solamente síntomas de una naturaleza dañada, o bien mascaras con malignos propósitos” (1980).
Consiguientemente, la segunda cuestión es la no reciprocidad lógica que se refiere al “empleo de un método explicativo completamente diferente cuando se intenta dar cuenta de los problemas, los fracasos y los errores propios y los del otro…”, es decir que cuando a otro diferente a nosotros en idiosincrasia le ocurre algo lo juzgamos bajo la premisa de esencialismo; pero en caso contrario, cuando sucede alguna precariedad en nuestra vida la miramos con la óptica del circunstancialismo, y así nos fundamentamos en un método explicativo totalmente incoherente (1980).
Por lo tanto, antes de examinar alguna situación de la realidad debemos examinar nuestra evaluación, es decir la forma en la que estamos observando la realidad, puesto que esta puede estar siendo fundada en algunas de esas dos cuestiones, ya sea por una actitud paranoide ante algún fenómeno, o por una no reciprocidad lógica en nuestros juicios.
De esta manera, al tener en cuenta los puntos anteriores nos acercaríamos de una mejor forma a los fenómenos que ocurran a nuestro alrededor, y principalmente nos dirigiríamos hacia una aceptación de la pluralidad y el evidente devenir que se exhibe en el mundo. Nuestros planteamientos no deben ser absolutizados ni libres de controversia ni crítica, por el contrario debemos entender que ninguna idea por más brillante que se muestre es totalmente irrefutable, y más cuando hemos visto la constante evolución del pensamiento en todas sus facetas al transcurrir los siglos. Lo que antes se admitía como verídico, hoy se critica con vehemencia, y todo lo que se estimaba como indudable, hoy se ha puesto en tela de juicio. Claramente esto nos conlleva a la idea de creación como una “acción dinámica”, ya que la realidad, a nuestra percepción, es totalmente variable, cambiante y relativa en todos sus aspectos. (Moltmann, 1979)
Asimismo, la idea de creación continua trae consigo la intención de  progreso en el esfuerzo del hombre por, no solamente subsistir en medio de la naturaleza, sino más aún controlarla y adaptarla para sí mismo; es un progreso que sobrepasa las barreras limitantes naturales que sean posibles de superar por medio del esfuerzo constante y la evolución intelectual por parte de él. Esta alusión es muy bien representada por Lacueva (1976), afirmando: “mientras una araña hace siempre del mismo modo la misma tela y, si se estropea, no sabe repararla, el hombre, por su inteligencia, es capaz de encontrar soluciones adecuadas a problemas imprevistos y de desarrollar sus facultades, así como de transformar el mundo que le rodea” (p. 27).
Encima, esta facultad no es expuesta como una simple capacidad natural de la humanidad, sino como un mandato divino expelido por Dios hacia sus Co-creadores activos de la vida, como reafirma Arana (1971) diciendo que “el dictum divino hace del hombre investigador, transformador y constructor” (p. 68).
Progreso significa paso adelante, reafirma Lacueva, es decir, marcha, avance. Por tanto, todo progreso digno de tal nombre ha de servir para que el ser humano avance y haga avanzar lo que le rodea (Lacueva, 1976, p. 27).
Sin embargo el ser humano, a pesar de haber realizado su función de Co-creador o en cierto sentido creador con suma habilidad, se ha dirigido de forma inconsciente pero patente a una actitud de poder-dominación hacia toda la naturaleza en tanto que seres vivos, y a los seres de su misma especie que por cuestiones variadas están por debajo de su posición en el mundo. Un ejemplo claro de esto son las constantes perforaciones terrestres en busca de combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas natural), los cuales no son renovables y están propensos al agotamiento.
  
Pero esto no hay que “tragarlo entero”, mejor deberíamos examinar, aunque brevemente, algunas de las posibles causas de tal asentimiento.
Primero que todo, una de las causas fundamentales de este mecanismo de poder-dominación ante la naturaleza ha sido la tecnología la cual en todos los sentidos antiguamente se ha exhibido como una coyuntura de desarrollo bastamente agresiva, contaminadora y rudimentaria, y que ha implicado la explotación sistemática de los distintos recursos naturales en el planeta. No obstante, la misma tecnología, como plantea el eminente Teólogo-ecologista Leonardo Boff, ha ido superando esos puntos en contra de la integridad planetaria, y en cierto sentido ha adquirido la capacidad de solventar dichos inconvenientes por medio de tecnologías más avanzadas y menos fatídicas para la naturaleza; pero estas tecnologías, como él menciona: “están prácticamente reservadas para los países ricos…la tecnología no está totalmente integrada, es decir, no produce beneficios para todas las sociedades, sino solo para aquellas que detentan la producción científico-técnica, excluyendo a los demás o cediéndoles las informaciones a cambio de “royalties”, por medio de pesados impuestos”. (Boff, 1996, p. 87).
La anterior es una realidad que vemos explicita en muchos ámbitos de las relaciones inter-estatales, y más aun entre los países primermundistas y los catalogados subdesarrollados o periféricos, lo cual manifiesta una problemática digna de ser analizada. Está bien que se trate de sanear de alguna manera todo ese daño hecho al planeta, y que por medio de las mismas capacidades creadoras de la humanidad se busquen soluciones eficientes para curar las heridas causadas por él mismo; no obstante, nosotros creemos que prima una burocracia capitalista, regida por el ánimo de mantener las relaciones divisorias entre los que verdaderamente crean (países tecnificados), y los que simplemente esperan a que “el milagro llegue del cielo” (países atrasados).
Estas son cuestiones  que debemos encarar de forma realista y decisiva, obedeciendo fehacientemente a nuestra observación mientras sea lo más objetiva posible. Pero ¿qué más estamos observando? Creemos que indubitablemente unos modelos de producción fundados en la maximización de beneficios y la minimización de costos y empleo de tiempo.
En torno a lo anterior vemos la siguiente afirmación: “Ya no se trata de trabajo como esfuerzo de generación de lo suficiente para las necesidades sociales y del excedente para el desahogo humano, sino de producción en el sentido de la potenciación máxima del trabajo para atender a las demandas del mercado y la generación de ganancias. Ya no es la obra lo que interesa, sino la mercancía colocada en el circuito del mercado local, regional y mundial con vistas a la ganancia y al lucro” (Boff, 1996, p. 88).
Así vislumbra Boff el modelo incorrecto en el que se está instaurando los mecanismos de producción en la actualidad, y el latente ánimo de lucro por parte de los que controlan y dirigen este actuar. La cuestión aquí, en nuestra opinión, no es simplemente de utilización de artefactos funestos, sino de los fines con los que se utiliza, ya que, como dice un dicho muy conocido: “no es lo mismo cuchillo en mano de ladrón que en mano de cocinero”. No es lo mismo utilizar la tecnología para velar por la integridad universal y la mutualidad en la creación, que servirse de ella bajo un modelo capitalista basado en una ética de poder-dominación que someta y subyugue a toda la creación en general, y que tenga como objetivo  primero el multiplicar las ganancias y asegurar la entrada de fondos por muchos años.
Es aquí donde llegamos al asunto que verdaderamente queremos enfrentar, la energía nuclear como una posible proposición tecnológica y científica de producción de energía eléctrica, mecánica y térmica a plenos comienzos del siglo 21. Pero, ¿por qué la queremos enfrentar? ¿No es esta una excelente muestra del desarrollo humano y su lucha en contra de la utilización de fuentes no renovables para la producción de energía?
De lo teórico a lo práctico
La utilización de plantas nucleares para la producción de energía “limpia y económica” es un asunto que hay que examinar cuidadosamente, y la afirmación de que dicha energía es totalmente inconveniente para la integridad de la vida en el planeta tierra es una afirmación que debemos “tomar con pinzas”, ya que hay diferentes posturas respecto al tema siendo unas totalmente pesimistas y tajantes, y otras un poco más optimistas y creyentes en la capacidad del hombre para superar los errores y gestionar mejorías en dichos procedimientos.
Por ejemplo, vemos al premio nobel en química del año 1991 Richard Ernest considerando el empleo de energía atómica como una acción irresponsable, ya que “la tecnología y la ambición mental humana son incapaces de manejar de manera segura tanto esa energía como sus desperdicios”. (2011).
De modo similar muchas personas del vulgo argumentan bajo las mismas opiniones, alegando que la ambición humana se ve claramente manifiesta en las tecnologías alienantes que producen más que bienes y recursos para el desarrollo, división y más artefactos e instrumentos que coartan el espíritu de igualdad e integridad Bionatural por la que luchan tantas asociaciones tanto privadas como gubernamentales.
Sin embargo, Wade Allison, siendo físico medico y nuclear de la universidad de Oxford, afirma que no hay que estar tan a la defensiva contra esta energía, y explica: “la gente se preocupa de la radiación porque no puede sentirla. Sin embargo, la naturaleza tiene una solución. En años recientes se ha descubierto que las células vivas se sustituyen y remedian por sí mismas de varias maneras para recuperarse de una dosis de radiación” (2011). Él expone en su libro “radiación y razón” que las emisiones radioactivas que puede producir una planta nuclear al momento de un accidente, y los residuos restantes de las operaciones internas de producción de energía de los núcleos atómicos son perjudiciales, siempre y cuando sea en cantidades extremadamente elevadas, puesto que en el caso de las tecnologías nucleares utilizadas en la medicina para regenerar cualquier órgano dañado y exterminar células cancerosas o tumores arraigados en el cuerpo se utilizan dosis de radiación iguales a 20.000 mSv en tejido saludable cercano al tumor en tratamiento; y a pesar de que los limites de exposición radiactiva permitida en el ambiente son mucho menores (100 mSv), no ha habido secuelas traumáticas en ninguno de los pacientes, y por el contrario, hoy día es uno de los métodos más eficaces para la lucha en contra del cáncer y la aniquilación de tumores. (2009).
De hecho en un artículo escrito por él a la BBC Mundo, el lunes 28 de marzo del presente año, un par de semanas tras el incidente en Fukushima, dijo:
“En cualquier caso, no es un problema intratable como muchos suponen. Alguien podría preguntarme si yo aceptaría que este desperdicio fuera enterrado 100 metros debajo de mi casa. Mi respuesta sería: «Sí, ¿por qué no? De manera más general: debemos dejar de correr de la radiación”.
Por añadidura, otra opinión se deja oír entre los artículos de la misma corporación de difusión de noticias del reino unido, y es la de Liliet Heredero, la cual el 24 de marzo, escribió en un artículo llamado “cómo afecta la radiación en el medio ambiente” las formulaciones hechas por el profesor Nick Evans experto en radioquímica el cual defendió y explicó que el yodo radioactivo filtrado de los reactores se puede remover usando otros compuestos químicos que lo eliminen, y propone que otra manera de descontaminar un campo de radiación es usando las propias plantas, proceso conocido como fitoremediación.
De cualquier modo, a pesar de todos estos criterios esperanzadores y poco pesimistas la idea de utilizar energía nuclear en la mayoría de países sigue siendo un programa tecnológico difícil de aceptar, como bien vemos evidente en todas las encuestas que se han realizado por diferentes entes noticiarios e investigativos para conocer la consideración pública respecto a tan escabroso asunto.
Creemos que después de lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki de parte de los actos belicosos norteamericanos, es muy difícil desarraigar tan repulsiva opinión y tan vasto desprestigio que trae consigo la frase “energía nuclear”, y sería el colmo si no fuera así, puesto que solo basta con recordar esa mañana del 6 de agosto de 1945, y el silencio absoluto y escalofriante luego de que el estruendo tormentoso y el resplandor color gris-morado cubriera la ciudad, y 85.000 seres humanos de distintas edades, y diferentes ideologías se polvorizaron instantáneamente, 70.000 quedaran gravemente heridos, y el resto estuvieran en graves peligros luego de la contaminación radioactiva y las quemaduras por las altísimas temperaturas que se presentaron en dicha explosión. Mas aquellos que irradiados en sus órganos genitales engendraron seres vivos seriamente dañados, y personas angustiadas eternamente por la posibilidad latente de que la exposición a la radiación las sorprendiera de improviso y terminara con la poca felicidad obtenida por el privilegio de poder seguir viviendo, bueno: si a eso se le llamaría vivir… (Hiroshima y Nagasaki, tomado el 16 de abril del 2011).
Pero mejor dejemos esta triste realidad para otra ocasión, y circunscribámonos a la opinión de parte de nosotros como teólogos acerca de la conveniencia o inconveniencia de la utilización de plantas nucleares para la producción de energía en la sociedad, y enfaticemos: ¡solamente para la producción de energía servible para la sociedad!, pues nuestro rechazo hacia el empleo de dicha energía para fines bélicos es incuestionablemente tajante y decisiva, lo cual no discutiremos en este escrito.
La energía nuclear es cierto que intenta dar solución al equívoco empleo de recursos naturales no renovables para la producción de energía y la propuesta de anulación de emisión de gases de efecto invernadero, pero también es cierto que ha traído de la mano otras cuestiones difíciles de ignorar, como por ejemplo las secuelas tremendamente dañinas que produciría un accidente como lo ocurrido en Japón hace pocas semanas. Además, en cuanto a los costes, es real que la energía atómica es mucho más económica que otra clase de obtención de energías, pero con fenómenos como los conocidos (Chernóbil, Fukushima), deberíamos repensar si ciertamente es “una propuesta barata”, si los gastos que traería la reconstrucción de sarcófagos como en Chernóbil son excesivos (se han recaudado 550 millones de euros para su reconstrucción), y también los controles de seguridad que se han impuesto a la totalidad de plantas nucleares en el mundo luego de lo tristemente ocurrido en Japón. En otras palabras, lo más preocupante para nosotros como teólogos que velan por la integridad y unicidad de la creación con el mismo Dios, es que parece que la intención de mantener admisible a la energía nuclear se inclina más hacia fines  económicos que ecológicos lo cual es tremendamente lamentable.
Esto nos hace recordar lo dicho por J. Habermas (1993) que la ciencia moderna está orientada por el interés, “descubre las estructuras de lo real, aun las más sutiles, crea la arquitectura del saber para luego someterlo a una operación práctica, teniendo como meta el progreso, el crecimiento industrial y el lucro”. Lamentablemente esta es una realidad, y por muchos intentos que se erijan para contrarrestar la contaminación, y promulgar principios industriales ecológicamente plausibles es como intentar tocar una estrella, o encontrar una aguja en un pajar, pues de nada sirve quitar lo superficial del “Iceberg”, si no somos conscientes que el verdadero problema está en el fondo, y el fondo de dicho Iceberg es extrañamente tan evidente que tiende a ser obvio, y es el modelo capitalista de control que impera en el sistema de globalización vigente en la economía mundial.
Por lo tanto, la energía nuclear es, como se suponía de un comienzo, un hecho netamente intrínseco a la economía alienante que seduce por medio de la globalización, como dice R. Ernest: “Este es el caso típico de globalización, en donde todo se vale con tal de hacer dinero y no les preocupa los efectos secundarios que puedan tener”. (2011)
Seamos conscientes de este rubro de verdades y proclamemos a gritos, como propone Leonardo Boff en su artículo teólogo: un ser casi imposible (2010): “tenemos que conservar la naturaleza, y entrar en armonía con el universo, porque son el gran libro que Dios nos ha dejado. Ahí se encuentra lo que Dios nos quiere decir; y porque dejamos de leer este libro, nos dio otro, las escrituras, cristianas y de otras religiones, para que re-aprendiésemos a leer el libro de la naturaleza”.
Por cierto, en Romanos 8: 22 dice:
“Sabemos que hasta ahora la creación entera se queja y sufre como una mujer con dolores de parto”.
Ya, con todo lo anterior, nos hemos topado con un punto en el que nos toca replantear nuestros argumentos, y redirigir nuestra forma de ver el mundo. No basta solo con tener buenas intenciones, sino que urge la imaginación; y con esto me refiero a proyectar nuevas formas de ver, actuar, pensar, producir, consumir, de relacionarnos unos con otros y con la tierra: así nos exhorta Boff.
Conclusión
Finalmente, creemos que la energía nuclear es una opción retadora, y somos conscientes tanto de los beneficios como de los perjuicios que puede causar. Pero si la comparamos con las tecnologías antiguas y medievales altamente agresivas y contaminantes para con el planeta tierra, como por ejemplo, las exploración del subsuelo para la obtención de hidrocarburos, y el posterior relleno de los fosos vacios que contenían dichos elementos con agua, sería verdaderamente razonable pensar en la propuesta de la energía atómica como una sugerencia de energía menos dañina.  No obstante, hay otras muchas maneras de producir energía, por medio de métodos más limpios y menos peligrosos como la energía solar, hidráulica, y muchas otras., pero ese asunto se lo dejamos a los que sean mayormente aptos científicamente para dar buenos argumentos en la escogencia del método más fiel. Desde nuestra parte, y desde la mirada teológica nos sostenemos en promover la cooperación y solidaridad para con todos los entes del mundo natural, ya que son autoexpresión de Dios, y por ende parte de la esencia de Dios mismo (Barrios y Salazar, 2010); y así, en caso de presentarse cualquier indicio de daño hacia la naturaleza debemos reaccionar tajantemente, y anotamos: no solamente reaccionar a posteriori, sino enseñar a los miembros de nuestras comunidades cristianas, por medio de nuestras predicaciones dominicales y otros medios y momentos educativos, a poder predecir, o mejor, comprender cuando se está amenazando la creación de Dios. También (y no está de más recordarlo), escuchar las voces bienintencionadas de ecologistas, ingenieros, economistas, filósofos, entre otros., quienes también luchen incansablemente por una relación más integra entre humanidad-naturaleza; y en cuanto a la relación de estos con Dios, es a nosotros, en tanto que teólogos, que nos concierne.
BIBLIOGRAFÍA
·      –   Allison, Wade. Fukushima, y los mitos de la fuga radioactiva. Informe escrito para la BBC Mundo, el lunes 28 de marzo de 2011.
·         –Allison, Wade. “Radiation and reason: the impact of science on a culture of fear”. Independently published in 2009.
·      –   Arana, P. Progreso, técnica y hombre. Barcelona, EEE, 1971.
·      –   Boff, L. Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres. Ed. Trotta. Madrid, 1996. Traducido al español por: Rodriguez Herranz, Juan Carlos.
·       –  Boff, L. El planeta va a seguir con fiebre. Servicios Koinonia, Columna semanal de Leonardo Boff, 2011.
·        – Boff, L. Teólogo: un ser casi imposible. Servicios Koinonia, Columna semanal de Leonardo Boff, 2011.
·       –  Ernest, Richard. Entrevista concedida a NOTIMEX, el 8 de abril del presente año.
·     –    Habermas, Jurgen. El discurso filosófico de la modernidad. Ed. Taurus. Madrid, 1993.
·       –  Heredero, Lilliet. Cómo afecta la radiación en el medio ambiente. BBC Mundo, 24 de marzo del año que transcurre.
·       –  Lacueva, Francisco. El hombre, su grandeza y su miseria, Ed. CLIE. España, 1976.
·       –  Moltmann, Jurgen. El futuro de la creación. Ediciones Sígueme, Salamanca, 1979.
·        –SOBRE LA ENERGÍA NUCLEAR Y SU CONVENIENCIA ECOLÓGICA:           Una aproximación desde la teología
POR: Osmar Barrios, Adolfo Céspedes, Jhonjanes Charris y
Jaime Barrios.[1]
Introducción
La energía es la fuerza vital que mueve nuestra sociedad. De ella depende la iluminación de nuestras casas o de las calles de las ciudades, el calentamiento y refrigeración en nuestros hogares, el transporte de personas y mercancías, el funcionamiento de las fábricas, y muchas otras cosas más, esta es indispensable pues el desarrollo económico-social  y el progreso tecnológico no son posibles sin un suministro garantizado de energía. Hasta hace poco más de tres siglos las principales fuentes de energía eran la fuerza de los animales, la potencia obtenida por los molinos de viento (energía eólica), la obtenida por la fuerza de los causes hídricos (ríos, cascadas), y el calor obtenido al quemar la madera. Pero el desarrollo tecnológico por ejemplo con la revolución industrial ha permitido a largo de estas últimas centurias el desarrollo avanzado y la modernización social y tecnológica que ha logrado llevar a un punto álgido la utilización y transformación de los diferentes recursos de la tierra, y su aprovechamiento en la sociedad, a partir de fuentes de energía totalmente impensables como la solar, la hidráulica mas tecnificada, la basada en combustibles fósiles, y la nuclear o atómica.  
La energía nuclear es la energía que se libera de las reacciones atómicas, y que es utilizada para producir energía eléctrica, mecánica y térmica, que son útiles para dar abasto a las necesidades del mundo en cuanto sea posible; ya sea desde la generación de electricidad en las centrales nucleares hasta las técnicas de análisis de datación arqueológica (arqueometría nuclear), la medicina nuclear usada en los hospitales, etc. a energía nuclear es aquella energía liberada durante la fisión o fusión de núcleos atómicos. Una reacción nuclear consiste en la modificación de la composición del núcleo atómico de un elemento, que muta y pasa a ser otro elemento como consecuencia del proceso. Este proceso se da espontáneamente entre algunos elementos y en ocasiones puede provocarse mediante técnicas como el bombardeo neutrónico u otras.
Por lo tanto esta energía nuclear propone ser una de las técnicas de producción y transformación más adecuada y propicia para lograr una sociedad bien organizada y tecnológicamente desarrollada en pleno siglo XXI, gracias a su nula producción de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Pero a la vez, esta tecnología puede convertirse en maléfica si se utiliza con fines bélicos, causar perjuicios incalculables en torno a los desechos resultantes de dichos procedimientos, y un alto riesgo de contaminación en caso de accidente o sabotaje.  En sí misma, la técnica y su progreso son buenos, y si pensamos en las posibles consecuencias, no sería sabio desmeritar estos procesos, sabiendo que cada camino hacia el desarrollo tiene sus obstáculos que superar, y esta no sería la excepción.
No obstante, la cuestión aquí no es temer a los probables daños que pueda causar una explosión accidental (o causada), y por ende perder una cierta cantidad de vidas; el problema es que hay una cierta probabilidad de no solo causar muertes, tanto humanas como animales y vegetales, sino de ayudar a extinguir por completo el desarrollo de la vida integra en el ecosistema del planeta tierra, como en el caso del accidente ocurrido en Chernóbil, en donde se emitió material radioactivo unas 500 veces superior al que liberó la bomba atómica en Hiroshima. (Accidente en Chernóbil, 2009).
Dicho lo anterior, nos estamos enfrentando evidentemente a un problema mayúsculo y amenazador, el cual no podemos ni debemos ignorar bajo ninguna circunstancia; por lo que, de manera reflexiva, buscaremos desde nuestra posición de teólogos, proposiciones plausibles teórica y prácticamente, que esclarezcan un poco la divergencias presentadas por las diferentes opiniones acerca del tema, no sin antes plantearnos una serie de preguntas que nos impulsarán hacia la mejor comprensión de dicha situación, comenzando con las siguientes: ¿En qué sentido podemos cuestionar la eficacia del desarrollo humano en torno a su proposición de la energía nuclear? ¿Podríamos entender esta proyección como una construcción científica, o contrariamente como un posible camino a la destrucción irreversible? ¿Cuál es la verdadera preocupación de parte de la teología hacia la utilización de la energía nuclear? ¿Qué propuestas se pueden presentar desde nuestra perspectiva teológica hacia esta realidad?
Estas son algunas de  las preguntas que nos llevaran a comprender de manera holística la cuestión de la energía nuclear; no sin antes tener en cuenta que el asunto no es simplemente la utilización o no utilización de dicha energía, sino que esta acción trae consigo y tras sí una cantidad de verdades teóricas que inciden en la visión de tan mencionado tema, por lo cual queremos abordarlas primero para empezar a concebir las bases, que luego nos servirán para la elaboración de proposiciones concernientes de la conveniencia de la energía atómica.
Energía nuclear, tecnología y teología
Al referirnos a energía nuclear inevitablemente nos remitimos al actual accidente nuclear ocurrido en Japón, mas puntualmente en la ciudad de Fukushima  tras un fuerte terremoto de magnitud 9.0 en la escala de  Richter que luego produjo un maremoto con olas de aproximadamente 10 metros de alto, lo que lo sitúa en el terremoto más fuerte acaecido en Japón hasta la fecha, y en el cuarto más potente del mundo de los medidos hasta el momento según la Agencia Meteorológica de Japón y el Servicio Geológico de los Estados Unidos. Este tipo de acontecimientos son fenómenos que de diferentes formas y en diferentes lugares han ocurrido en toda la historia de la humanidad; sin embargo, cantidades de personas con ideologías más que todo religiosas, como evangélicas radicales y pentecostales, afirman que dichos sucesos son indudables señales de que el mundo está irreversiblemente destinado a un fin, y a un fin manifiesto.
En torno a lo anterior, alguien preguntó pocos días después de lo ocurrido en Japón, que si en nuestra opinión Dios había castigado a este pueblo por su situación de pecado, a lo que respondimos con dos preguntas consecutivas a método mayéutico: ¿sería Dios tan despiadado como para acabar con toda esa gente, basado en solo la idea de “pecado”? Y si así fuera ¿por qué no nos sucede a nosotros también si estamos en la misma condición?
Por lo tanto señalamos que aquí se plantean dos cuestiones sumamente vitales para la comprensión de la realidad a la que nos estamos enfrentando, la primera cuestión es la concepción paranoide de la verdadexpuesta por el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, refiriéndose a aquellos que someten la realidad a una “interpretación totalitaria” argumentando que son dueños de una verdad absolutamente unívoca y que por ende “cualquiera que no esté con ellos, está contra ellos, y el que no está completamente con ellos, no está con ellos”; además, afirman que los argumentos de los que son ajenos a sus ideologías “no son argumentos, sino solamente síntomas de una naturaleza dañada, o bien mascaras con malignos propósitos” (1980).
Consiguientemente, la segunda cuestión es la no reciprocidad lógica que se refiere al “empleo de un método explicativo completamente diferente cuando se intenta dar cuenta de los problemas, los fracasos y los errores propios y los del otro…”, es decir que cuando a otro diferente a nosotros en idiosincrasia le ocurre algo lo juzgamos bajo la premisa de esencialismo; pero en caso contrario, cuando sucede alguna precariedad en nuestra vida la miramos con la óptica del circunstancialismo, y así nos fundamentamos en un método explicativo totalmente incoherente (1980).
Por lo tanto, antes de examinar alguna situación de la realidad debemos examinar nuestra evaluación, es decir la forma en la que estamos observando la realidad, puesto que esta puede estar siendo fundada en algunas de esas dos cuestiones, ya sea por una actitud paranoide ante algún fenómeno, o por una no reciprocidad lógica en nuestros juicios.
De esta manera, al tener en cuenta los puntos anteriores nos acercaríamos de una mejor forma a los fenómenos que ocurran a nuestro alrededor, y principalmente nos dirigiríamos hacia una aceptación de la pluralidad y el evidente devenir que se exhibe en el mundo. Nuestros planteamientos no deben ser absolutizados ni libres de controversia ni crítica, por el contrario debemos entender que ninguna idea por más brillante que se muestre es totalmente irrefutable, y más cuando hemos visto la constante evolución del pensamiento en todas sus facetas al transcurrir los siglos. Lo que antes se admitía como verídico, hoy se critica con vehemencia, y todo lo que se estimaba como indudable, hoy se ha puesto en tela de juicio. Claramente esto nos conlleva a la idea de creación como una “acción dinámica”, ya que la realidad, a nuestra percepción, es totalmente variable, cambiante y relativa en todos sus aspectos. (Moltmann, 1979)
Asimismo, la idea de creación continua trae consigo la intención de  progreso en el esfuerzo del hombre por, no solamente subsistir en medio de la naturaleza, sino más aún controlarla y adaptarla para sí mismo; es un progreso que sobrepasa las barreras limitantes naturales que sean posibles de superar por medio del esfuerzo constante y la evolución intelectual por parte de él. Esta alusión es muy bien representada por Lacueva (1976), afirmando: “mientras una araña hace siempre del mismo modo la misma tela y, si se estropea, no sabe repararla, el hombre, por su inteligencia, es capaz de encontrar soluciones adecuadas a problemas imprevistos y de desarrollar sus facultades, así como de transformar el mundo que le rodea” (p. 27).
Encima, esta facultad no es expuesta como una simple capacidad natural de la humanidad, sino como un mandato divino expelido por Dios hacia sus Co-creadores activos de la vida, como reafirma Arana (1971) diciendo que “el dictum divino hace del hombre investigador, transformador y constructor” (p. 68).
Progreso significa paso adelante, reafirma Lacueva, es decir, marcha, avance. Por tanto, todo progreso digno de tal nombre ha de servir para que el ser humano avance y haga avanzar lo que le rodea (Lacueva, 1976, p. 27).
Sin embargo el ser humano, a pesar de haber realizado su función de Co-creador o en cierto sentido creador con suma habilidad, se ha dirigido de forma inconsciente pero patente a una actitud de poder-dominación hacia toda la naturaleza en tanto que seres vivos, y a los seres de su misma especie que por cuestiones variadas están por debajo de su posición en el mundo. Un ejemplo claro de esto son las constantes perforaciones terrestres en busca de combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas natural), los cuales no son renovables y están propensos al agotamiento.
  
Pero esto no hay que “tragarlo entero”, mejor deberíamos examinar, aunque brevemente, algunas de las posibles causas de tal asentimiento.
Primero que todo, una de las causas fundamentales de este mecanismo de poder-dominación ante la naturaleza ha sido la tecnología la cual en todos los sentidos antiguamente se ha exhibido como una coyuntura de desarrollo bastamente agresiva, contaminadora y rudimentaria, y que ha implicado la explotación sistemática de los distintos recursos naturales en el planeta. No obstante, la misma tecnología, como plantea el eminente Teólogo-ecologista Leonardo Boff, ha ido superando esos puntos en contra de la integridad planetaria, y en cierto sentido ha adquirido la capacidad de solventar dichos inconvenientes por medio de tecnologías más avanzadas y menos fatídicas para la naturaleza; pero estas tecnologías, como él menciona: “están prácticamente reservadas para los países ricos…la tecnología no está totalmente integrada, es decir, no produce beneficios para todas las sociedades, sino solo para aquellas que detentan la producción científico-técnica, excluyendo a los demás o cediéndoles las informaciones a cambio de “royalties”, por medio de pesados impuestos”. (Boff, 1996, p. 87).
La anterior es una realidad que vemos explicita en muchos ámbitos de las relaciones inter-estatales, y más aun entre los países primermundistas y los catalogados subdesarrollados o periféricos, lo cual manifiesta una problemática digna de ser analizada. Está bien que se trate de sanear de alguna manera todo ese daño hecho al planeta, y que por medio de las mismas capacidades creadoras de la humanidad se busquen soluciones eficientes para curar las heridas causadas por él mismo; no obstante, nosotros creemos que prima una burocracia capitalista, regida por el ánimo de mantener las relaciones divisorias entre los que verdaderamente crean (países tecnificados), y los que simplemente esperan a que “el milagro llegue del cielo” (países atrasados).
Estas son cuestiones  que debemos encarar de forma realista y decisiva, obedeciendo fehacientemente a nuestra observación mientras sea lo más objetiva posible. Pero ¿qué más estamos observando? Creemos que indubitablemente unos modelos de producción fundados en la maximización de beneficios y la minimización de costos y empleo de tiempo.
En torno a lo anterior vemos la siguiente afirmación: “Ya no se trata de trabajo como esfuerzo de generación de lo suficiente para las necesidades sociales y del excedente para el desahogo humano, sino de producción en el sentido de la potenciación máxima del trabajo para atender a las demandas del mercado y la generación de ganancias. Ya no es la obra lo que interesa, sino la mercancía colocada en el circuito del mercado local, regional y mundial con vistas a la ganancia y al lucro” (Boff, 1996, p. 88).
Así vislumbra Boff el modelo incorrecto en el que se está instaurando los mecanismos de producción en la actualidad, y el latente ánimo de lucro por parte de los que controlan y dirigen este actuar. La cuestión aquí, en nuestra opinión, no es simplemente de utilización de artefactos funestos, sino de los fines con los que se utiliza, ya que, como dice un dicho muy conocido: “no es lo mismo cuchillo en mano de ladrón que en mano de cocinero”. No es lo mismo utilizar la tecnología para velar por la integridad universal y la mutualidad en la creación, que servirse de ella bajo un modelo capitalista basado en una ética de poder-dominación que someta y subyugue a toda la creación en general, y que tenga como objetivo  primero el multiplicar las ganancias y asegurar la entrada de fondos por muchos años.
Es aquí donde llegamos al asunto que verdaderamente queremos enfrentar, la energía nuclear como una posible proposición tecnológica y científica de producción de energía eléctrica, mecánica y térmica a plenos comienzos del siglo 21. Pero, ¿por qué la queremos enfrentar? ¿No es esta una excelente muestra del desarrollo humano y su lucha en contra de la utilización de fuentes no renovables para la producción de energía?
De lo teórico a lo práctico
La utilización de plantas nucleares para la producción de energía “limpia y económica” es un asunto que hay que examinar cuidadosamente, y la afirmación de que dicha energía es totalmente inconveniente para la integridad de la vida en el planeta tierra es una afirmación que debemos “tomar con pinzas”, ya que hay diferentes posturas respecto al tema siendo unas totalmente pesimistas y tajantes, y otras un poco más optimistas y creyentes en la capacidad del hombre para superar los errores y gestionar mejorías en dichos procedimientos.
Por ejemplo, vemos al premio nobel en química del año 1991 Richard Ernest considerando el empleo de energía atómica como una acción irresponsable, ya que “la tecnología y la ambición mental humana son incapaces de manejar de manera segura tanto esa energía como sus desperdicios”. (2011).
De modo similar muchas personas del vulgo argumentan bajo las mismas opiniones, alegando que la ambición humana se ve claramente manifiesta en las tecnologías alienantes que producen más que bienes y recursos para el desarrollo, división y más artefactos e instrumentos que coartan el espíritu de igualdad e integridad Bionatural por la que luchan tantas asociaciones tanto privadas como gubernamentales.
Sin embargo, Wade Allison, siendo físico medico y nuclear de la universidad de Oxford, afirma que no hay que estar tan a la defensiva contra esta energía, y explica: “la gente se preocupa de la radiación porque no puede sentirla. Sin embargo, la naturaleza tiene una solución. En años recientes se ha descubierto que las células vivas se sustituyen y remedian por sí mismas de varias maneras para recuperarse de una dosis de radiación” (2011). Él expone en su libro “radiación y razón” que las emisiones radioactivas que puede producir una planta nuclear al momento de un accidente, y los residuos restantes de las operaciones internas de producción de energía de los núcleos atómicos son perjudiciales, siempre y cuando sea en cantidades extremadamente elevadas, puesto que en el caso de las tecnologías nucleares utilizadas en la medicina para regenerar cualquier órgano dañado y exterminar células cancerosas o tumores arraigados en el cuerpo se utilizan dosis de radiación iguales a 20.000 mSv en tejido saludable cercano al tumor en tratamiento; y a pesar de que los limites de exposición radiactiva permitida en el ambiente son mucho menores (100 mSv), no ha habido secuelas traumáticas en ninguno de los pacientes, y por el contrario, hoy día es uno de los métodos más eficaces para la lucha en contra del cáncer y la aniquilación de tumores. (2009).
De hecho en un artículo escrito por él a la BBC Mundo, el lunes 28 de marzo del presente año, un par de semanas tras el incidente en Fukushima, dijo:
“En cualquier caso, no es un problema intratable como muchos suponen. Alguien podría preguntarme si yo aceptaría que este desperdicio fuera enterrado 100 metros debajo de mi casa. Mi respuesta sería: «Sí, ¿por qué no? De manera más general: debemos dejar de correr de la radiación”.
Por añadidura, otra opinión se deja oír entre los artículos de la misma corporación de difusión de noticias del reino unido, y es la de Liliet Heredero, la cual el 24 de marzo, escribió en un artículo llamado “cómo afecta la radiación en el medio ambiente” las formulaciones hechas por el profesor Nick Evans experto en radioquímica el cual defendió y explicó que el yodo radioactivo filtrado de los reactores se puede remover usando otros compuestos químicos que lo eliminen, y propone que otra manera de descontaminar un campo de radiación es usando las propias plantas, proceso conocido como fitoremediación.
De cualquier modo, a pesar de todos estos criterios esperanzadores y poco pesimistas la idea de utilizar energía nuclear en la mayoría de países sigue siendo un programa tecnológico difícil de aceptar, como bien vemos evidente en todas las encuestas que se han realizado por diferentes entes noticiarios e investigativos para conocer la consideración pública respecto a tan escabroso asunto.
Creemos que después de lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki de parte de los actos belicosos norteamericanos, es muy difícil desarraigar tan repulsiva opinión y tan vasto desprestigio que trae consigo la frase “energía nuclear”, y sería el colmo si no fuera así, puesto que solo basta con recordar esa mañana del 6 de agosto de 1945, y el silencio absoluto y escalofriante luego de que el estruendo tormentoso y el resplandor color gris-morado cubriera la ciudad, y 85.000 seres humanos de distintas edades, y diferentes ideologías se polvorizaron instantáneamente, 70.000 quedaran gravemente heridos, y el resto estuvieran en graves peligros luego de la contaminación radioactiva y las quemaduras por las altísimas temperaturas que se presentaron en dicha explosión. Mas aquellos que irradiados en sus órganos genitales engendraron seres vivos seriamente dañados, y personas angustiadas eternamente por la posibilidad latente de que la exposición a la radiación las sorprendiera de improviso y terminara con la poca felicidad obtenida por el privilegio de poder seguir viviendo, bueno: si a eso se le llamaría vivir… (Hiroshima y Nagasaki, tomado el 16 de abril del 2011).
Pero mejor dejemos esta triste realidad para otra ocasión, y circunscribámonos a la opinión de parte de nosotros como teólogos acerca de la conveniencia o inconveniencia de la utilización de plantas nucleares para la producción de energía en la sociedad, y enfaticemos: ¡solamente para la producción de energía servible para la sociedad!, pues nuestro rechazo hacia el empleo de dicha energía para fines bélicos es incuestionablemente tajante y decisiva, lo cual no discutiremos en este escrito.
La energía nuclear es cierto que intenta dar solución al equívoco empleo de recursos naturales no renovables para la producción de energía y la propuesta de anulación de emisión de gases de efecto invernadero, pero también es cierto que ha traído de la mano otras cuestiones difíciles de ignorar, como por ejemplo las secuelas tremendamente dañinas que produciría un accidente como lo ocurrido en Japón hace pocas semanas. Además, en cuanto a los costes, es real que la energía atómica es mucho más económica que otra clase de obtención de energías, pero con fenómenos como los conocidos (Chernóbil, Fukushima), deberíamos repensar si ciertamente es “una propuesta barata”, si los gastos que traería la reconstrucción de sarcófagos como en Chernóbil son excesivos (se han recaudado 550 millones de euros para su reconstrucción), y también los controles de seguridad que se han impuesto a la totalidad de plantas nucleares en el mundo luego de lo tristemente ocurrido en Japón. En otras palabras, lo más preocupante para nosotros como teólogos que velan por la integridad y unicidad de la creación con el mismo Dios, es que parece que la intención de mantener admisible a la energía nuclear se inclina más hacia fines  económicos que ecológicos lo cual es tremendamente lamentable.
Esto nos hace recordar lo dicho por J. Habermas (1993) que la ciencia moderna está orientada por el interés, “descubre las estructuras de lo real, aun las más sutiles, crea la arquitectura del saber para luego someterlo a una operación práctica, teniendo como meta el progreso, el crecimiento industrial y el lucro”. Lamentablemente esta es una realidad, y por muchos intentos que se erijan para contrarrestar la contaminación, y promulgar principios industriales ecológicamente plausibles es como intentar tocar una estrella, o encontrar una aguja en un pajar, pues de nada sirve quitar lo superficial del “Iceberg”, si no somos conscientes que el verdadero problema está en el fondo, y el fondo de dicho Iceberg es extrañamente tan evidente que tiende a ser obvio, y es el modelo capitalista de control que impera en el sistema de globalización vigente en la economía mundial.
Por lo tanto, la energía nuclear es, como se suponía de un comienzo, un hecho netamente intrínseco a la economía alienante que seduce por medio de la globalización, como dice R. Ernest: “Este es el caso típico de globalización, en donde todo se vale con tal de hacer dinero y no les preocupa los efectos secundarios que puedan tener”. (2011)
Seamos conscientes de este rubro de verdades y proclamemos a gritos, como propone Leonardo Boff en su artículo teólogo: un ser casi imposible (2010): “tenemos que conservar la naturaleza, y entrar en armonía con el universo, porque son el gran libro que Dios nos ha dejado. Ahí se encuentra lo que Dios nos quiere decir; y porque dejamos de leer este libro, nos dio otro, las escrituras, cristianas y de otras religiones, para que re-aprendiésemos a leer el libro de la naturaleza”.
Por cierto, en Romanos 8: 22 dice:
“Sabemos que hasta ahora la creación entera se queja y sufre como una mujer con dolores de parto”.
Ya, con todo lo anterior, nos hemos topado con un punto en el que nos toca replantear nuestros argumentos, y redirigir nuestra forma de ver el mundo. No basta solo con tener buenas intenciones, sino que urge la imaginación; y con esto me refiero a proyectar nuevas formas de ver, actuar, pensar, producir, consumir, de relacionarnos unos con otros y con la tierra: así nos exhorta Boff.
Conclusión
Finalmente, creemos que la energía nuclear es una opción retadora, y somos conscientes tanto de los beneficios como de los perjuicios que puede causar. Pero si la comparamos con las tecnologías antiguas y medievales altamente agresivas y contaminantes para con el planeta tierra, como por ejemplo, las exploración del subsuelo para la obtención de hidrocarburos, y el posterior relleno de los fosos vacios que contenían dichos elementos con agua, sería verdaderamente razonable pensar en la propuesta de la energía atómica como una sugerencia de energía menos dañina.  No obstante, hay otras muchas maneras de producir energía, por medio de métodos más limpios y menos peligrosos como la energía solar, hidráulica, y muchas otras., pero ese asunto se lo dejamos a los que sean mayormente aptos científicamente para dar buenos argumentos en la escogencia del método más fiel. Desde nuestra parte, y desde la mirada teológica nos sostenemos en promover la cooperación y solidaridad para con todos los entes del mundo natural, ya que son autoexpresión de Dios, y por ende parte de la esencia de Dios mismo (Barrios y Salazar, 2010); y así, en caso de presentarse cualquier indicio de daño hacia la naturaleza debemos reaccionar tajantemente, y anotamos: no solamente reaccionar a posteriori, sino enseñar a los miembros de nuestras comunidades cristianas, por medio de nuestras predicaciones dominicales y otros medios y momentos educativos, a poder predecir, o mejor, comprender cuando se está amenazando la creación de Dios. También (y no está de más recordarlo), escuchar las voces bienintencionadas de ecologistas, ingenieros, economistas, filósofos, entre otros., quienes también luchen incansablemente por una relación más integra entre humanidad-naturaleza; y en cuanto a la relación de estos con Dios, es a nosotros, en tanto que teólogos, que nos concierne.
BIBLIOGRAFÍA
·         Allison, Wade. Fukushima, y los mitos de la fuga radioactiva. Informe escrito para la BBC Mundo, el lunes 28 de marzo de 2011.
·         Allison, Wade. “Radiation and reason: the impact of science on a culture of fear”. Independently published in 2009.
·         Arana, P. Progreso, técnica y hombre. Barcelona, EEE, 1971.
·         Boff, L. Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres. Ed. Trotta. Madrid, 1996. Traducido al español por: Rodriguez Herranz, Juan Carlos.
·         Boff, L. El planeta va a seguir con fiebre. Servicios Koinonia, Columna semanal de Leonardo Boff, 2011.
·         Boff, L. Teólogo: un ser casi imposible. Servicios Koinonia, Columna semanal de Leonardo Boff, 2011.
·         Ernest, Richard. Entrevista concedida a NOTIMEX, el 8 de abril del presente año.
·         Habermas, Jurgen. El discurso filosófico de la modernidad. Ed. Taurus. Madrid, 1993.
·         Heredero, Lilliet. Cómo afecta la radiación en el medio ambiente. BBC Mundo, 24 de marzo del año que transcurre.
·         Lacueva, Francisco. El hombre, su grandeza y su miseria, Ed. CLIE. España, 1976.
·         Moltmann, Jurgen. El futuro de la creación. Ediciones Sígueme, Salamanca, 1979.
·         Zuleta, Estanislao. “elogio de la dificultad”, conferencia expuesta por él en la Universidad del Valle en 1980, al momento de obtener el título “Doctor honoris causa” en psicología de parte de dicha institución.
. “elogio de la dificultad”, conferencia expuesta por él en la Universidad del Valle en 1980, al momento de obtener el título “Doctor honoris causa” en psicología de parte de dicha institución.

Foto: 


[1] Estudiantes y egresado del programa de teología de la Universidad Reformada de Barranquilla.

Deja un comentario