El problema del hijo pródigo no fue irse de la casa del padre.

Nos han hecho pensar que el error del hijo Pródigo fue haber salido de casa. Las lecturas del relato giran entorno a hacernos creer que lo que generó su situación fue haber salido de casa del padre y, esa percepción nace de la confesión de arrepentimiento del hijo cuando se encuentra en una mísera condición y desea regresar.
Sin embargo, la decisión de independencia del padre no fue el error, de hecho, la facilidad con la que el padre lo deja ir y le entrega la herencia nos dice que se trataba de un hijo adulto, un hijo que posiblemente ya debía estar listo para salir de la casa paterna. Salir de casa, independizarse del padre, tomar la herencia no va a ser la catástrofe, el verdadero problema estuvo que el hijo era un muy mal administrador, era un despilfarrador, un derrochador. El hijo fue un prodigo, una persona que no fue capaz de saber controlar sus gastos y saber que el dinero que tenía debía ser bien administrado, ponerlo a funcionar o producir. 
Quizás, el verdadero problema no sea quienes se vayan, en algún momento tendremos que emigrar, y no, no está mal. El problema es que haremos con aquello que tendremos en nuestras manos una vez que nos marchemos, la consecuencia de llegar al punto de comer los desechos que comía el cerdo no fue haber salido de casa, fue haberse gastado todo lo que tenía. Dios nos ve como administradores de la gracia que nos ha dado, gracia que fue impartida por el padre en la entrega de la herencia, pero ¿haremos lo mismo que el hijo pródigo? Desperdicir la gracia que nos da; el relato puede ser, también, una invitación para evaluar nuestra forma de vivir, como quien atiende correctamente sus gastos o cómo quien los desperdicia «perdidamente», como si no hubiese un después, un mañana. 
Aún así, su propia gracia nos garantiza que así nos hayamos quedado sin nada, podamos volver a su casa, que él nos recibirá con los brazos abiertos y un festejo abundante. El desafío será aprender el duro proceso de independencia de la casa paterna, para cuando realmente seamos adultos, seamos también maduros para asumir la independencia con la debida mayordomía. 
Adolfo Cespedes M.

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