Un manifiesto frente a la fiebre evangélica por Profetas

Si usted es un lector de la Biblia, se va a dar cuenta que el profetismo bíblico siempre fue un denunciante de las injusticias de los líderes, cómo también fue un anunciante y constructor de las buenas relaciones entre Dios, el pueblo y unos con otros; no la representación de un adivino y ensalsador de los gobernantes y líderes religiosos que oprimían al pueblo. De acuerdo a lo anterior, vamos a caracterizar a los profetas como buscadores de la justicia y el bien común.
Ahora, algunos grupos proféticos no nacieron en tiempos de la monarquía, sino ya desde antes podríamos señalar algunos personajes que ayudaron a animar al pueblo frente a la crisis, eran la voz de Dios, eran la fuerza divina de resistencia contra invasores y colonizadores.
Diríamos que, ya en tiempos de Samuel va a sobresaltar el profeta como oficio de guía e instrucción, aún así al inicio, el movimiento profético era confundido con un brujo o clarividente, que era quienes adivinaban el futuro, esta idea venía por la influencia que tenían de pueblos circunvecinos, recordemos que existían profetas fuera de Israel, hasta que implícitamente se decidió que el término nabi‘ era el más adecuado para entender el pensamiento y desarrollo de esta tradición en el ambiente israelita, pues significaba: el que es llamado, porque tiene un mensaje y lo transmite, si, así de sencillo. Es más, la adivinación: ese, yo veo que tendrás, casa, carro y beca en un futuro, estaba TOTALMENTE PROHIBIDA. Esto nos indica que el fenómeno de la profecía no era exclusivo de Israel -ejemplo de ello es el profeta balaam, los profetas de Baal y la adivina de endor-, por el contrario, posiblemente el pueblo se integró tanto a la vida del antiguo mundo que sencillamente «Copy and paste» (copiar y pegar). 
Sin embargo, lo más importante del pueblo era que, a pesar de beber de la cultura vecina buscaban poder diferenciarse, es por ello que los profetas de Israel entendieron su función: SER MENSAJEROS. Solo eso, llevar un mensaje que diera esperanza o advirtiera de algún desastre político religioso, ya sea de manera oral, escrita o a través de algún gesto simbólico. Vale decir que, la naturaleza esencial de la profecía era para consolar, alentar, desafiar y advertir a la nación en asuntos políticos, económicos, sociales y religiosos como comunidad, pero muy poco con asuntos personales.
Es entonces cuando, cabe aclarar que cuando se busca hacer un manifiesto como este, no se está rechazando lo profético, por el contrario, se busca comprender de qué trata la labor con el fin de hacerla efectiva. Pues, es evidente que se ha hecho del gaje del oficio una práctica de adivinación y hasta de brujería (con aquello de los aceites, bebedizos y actos fuera de lo común), pero se ha perdido el mensaje, la denuncia de lo injusto y el anuncio de esperanza, se ha convertido en una posición de poder y jerarquía dentro de la comunidad, hasta de exclusividad. Extrañamente, aunque los actuales profetas dicen tomar sus funciones de la biblia, no se ha visualizado el sueño de Joel como punto de partida para ejercer y ayudar a otros(as) a ser la iglesia profética que Joel soñaba y que pedro en el discurso de hechos mencionó, es decir, aquella en que todos y todas seamos profetas, todos tengamos a Dios dentro y seamos su voz, pero sobre todo aquellos que nunca pensaríamos que podrían ser profetas, los niños, los jóvenes y los esclavos, o sea, desde el contexto del texto: hasta los sin voz serían la voz de Dios. Que lo profético deje de ser el asunto de unos pocos y sea el llamado de todos y todas. 
En la biblia, los profetas eran asesinados por sus palabras, huían por decir lo que pensaban, analizaban el panorama político, social y económico, decían lo que esperaban que pasara sin cambio de actitudes y por eso fueron mártires de sus mensajes de confrontación y esperanza para los líderes del aquel entonces. Ahora, los «profetas o profétisas» los invitan a almorzar y les dan miles de pesos o dólares por haber ensalzado a los líderes para perpetuar sus posiciones religiosas y expandir sus centros de mandos religiosos. Creo que hay un problemas grave en lo que en las iglesias evangélicas de hoy se entiende por profetismo. 
Algunas personas me dicen que no es posible que alguien dentro de la iglesia critique tanto la iglesia; me pregunto, de verdad habrán leído la Biblia. Dios amaba a Israel y era su mayor crítico, los profetas mantuvieron siempre una actitud crítica frente al pueblo y sus instancias de poder, y vivían cerca del pueblo o estaban estrechamente relacionados con la nación. Nuestros mayores críticos no deben ser los ateos o la gente que no va a la iglesia, nosotros debemos ser nuestros principales críticos. 
El fundamentalismo político y religioso para callar las bocas de las personas que han tomado un poco más de radicalismo frente la desigualdad e injusticia social les dicen que con sus denuncias están construyendo un «discurso de odio» o están «polarizando las comunidades», es una excusa para poder desprestigiar o desvirtuar el derecho a la denuncia social. 
Imagínese diciéndole a Jeremias que si seguíamos con las denuncias públicas a sus gobernantes sobre sus decisiones políticas y religiosas polarizaria la nación, que si seguía diciendo que esa relación estrecha política con estos pueblos nos llevarían al cautiverio era un «discurso de odio», cómo le diríamos al profeta Elías que cuando denunciaba Acab y su esposa que sometían al pueblo al Baalismo como propuesta política de opresión estaba polarizando el país. No, no quiera callar las denuncias sociales cuando se trata de injusticias sociales, deje de hablar que se propicia lucha de clases cuando técnicamente pertenecemos al mismo status quo. 
Dice el texto: «Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado de su lepra, sino Naamán el sirio. Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron» (Lucas 4:27-28).A los fieles de la sinagoga los enfureció que un sirio, proveniente de una religión distinta a la de ellos, hubiera sido sanado en lugar de un israelita. Este es el origen de muchos fanatismos religiosos (incluidos los cristianos): pensar que los que no creen en Dios como creen ellos no tienen ningún derecho a contar con Dios como cuentan ellos. Y por esto se enfurecen hasta con Dios mismo.
Es por eso que, debemos mirar nuestra realidad para poder cambiarla, porque muy a pesar de todo el esfuerzo que la iglesia intenta tener para sobrevivir, seguimos teniendo a apóstoles que se autoproclaman, pastores que abusan de su autoridad, evangelistas que solo buscan una agenda con fines lucrativos, maestros que solo enseñan temas financieros y, como tratamos de hacer ver en este texto, profetas que solo predicen cosas relacionadas con el futuro y conectadas con asuntos de dinero, son gente que enmascara una política de poder con retorica religiosa y que poco a poco ha hecho del carismatismo y evangelicalismo su propia fosa común. 
En contraste, tenemos al propio Jesús, que horas, minutos antes de entrar por las puertas de Jerusalén, lloraba por la ciudad, veía la injusticia, la falta de piedad por los profetas (Quienes denunciaban su condición), la falta de solidaridad, amor, misericordia y le dolía saber que el centro de la religión abundaba en corrupción. Creo que Jesús lloraría por algunas iglesias hoy, lloraría por la insensatez e insensibilidad de algunas comunidades y personas en las que el sentido de comunidad y amor, ya no existe. 
Pero, ser la voz de Dios no significaba no tener errores o que no se equivoque, por más ungido que se esté. Ser profeta y ser vulnerable no tiene nada de malo, lo malo es presumir ser profeta y creer que me las sé todas, que creo que ahora debo adivinar la vida de los demás, que vivo más cerca del cielo que el resto o creer que puedo legitimar mi palabra como palabra inquebrantable de Dios, lo que es peor aún, creyendo que se puede manipular a Dios con nuestras ‘declaraciones’, tal como Samuel que terminó escogiendo al tirano de Saúl por su disyuntiva a la realidad del pueblo y creer que tener el mensaje puede hacerlo emisor absoluto y no canal de este. 
La presunción de la iglesia o de los líderes de las iglesias​ se parece mucho al orgullo que mostraba el profeta Samuel. Piensan ciegamente que son los únicos que tienen la autoridad para legitimar el poder o para dar visto bueno a una decisión del miembro de su iglesia. 
Cuando se piensa que son los únicos que tienen la razón, ya se está teniendo un problema en la realidad de la iglesia. Es por esto que algunas veces se termina escogiendo la tiranía de Saúl, en vez de la gracia de David. 
La iglesia o sus líderes deben abandonar el autoritarismo de Samuel y dejar que Dios realmente a través del pueblo pueda escoger sus gobernantes o en el caso de las iglesias, lo que desean decidir para sus vidas íntimas. Los líderes de la iglesia deben abandonar la falsa presunción de saberlo todo, de adivinarlo todo y de creer que pueden legitimar, ya sea el poder en nombre de Dios o lo que puede o no decidir una persona en su vida personal. Los profetas también se equivocan. 
En definitiva, todos (as) somos profetas de Dios, todos somos un Malaqui (Malaquías, profeta anónimo), un mensajero. No es un puesto en la iglesia, no es una posición de poder, es solo un servicio público para edificar la comunidad, para hacerla avanzar, para que no se sigan cometiendo injusticias y sobre todo para que cuando te escuchen, todos tengan esperanza. Todos y todas debemos ejercer nuestro ministerio profético.
(Próximamente: un manifiesto frente a la fiebre evangélica por apóstoles)
Adolfo Céspedes M. 

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